viernes, 24 de julio de 2015

Ya no es tiempo de soñadores

Los muertos ya no viven en el cementerio, han ocupado las calles y visten traje y corbata. Caminan encorvados y con prisa. Saludan levantando las cejas, una falsa sonrisa, o hacen un gesto con la cabeza. No tienen tiempo para las palabras, ni para errar entre el hola y el adiós.
Tras duras horas de trabajo en su cubículo, llegan agotados a sus casas, esperando la cena sobre la mesa. Ya no les quedan aspiraciones. Lo único que desean es que esta vez el pollo no esté salado y que quede cerveza en la nevera. Ya no es tiempo de soñadores. Hoy no.
Sus cabezas están peinadas sólo por fuera. Sus casas tienen grandiosas fachadas, pero por dentro están vacías. Vacías y frías. Ellos están igual.
Un día, un chico se topó con uno de estos transeúntes. Tras el gruñido que le soltó, el joven quiso darle una lección a aquel muerto viviente, pero no podía atacarle al cerebro porque no tenía. Él sabía bien que la mejor arma eran las palabras, pero éstas ni siquiera atravesaban su cráneo.
Tras varios intentos, el chico desistió y supo enseguida que la invasión sería inminente. Los muertos tomarían la ciudad.