viernes, 29 de abril de 2016

La fatal lucha entre lo artificial y lo natural

Sus pasos firmes y pesados se aproximaban hacía mí, y poco a poco iban ganando velocidad. Podía sentirlo cerca, muy cerca. Al levantar la cabeza, lo vi.
Tenía los ojos negros como el carbón, su pelo era oscuro y sin brillo y su tez pálida y grisácea reflejaba odio y tristeza. Desde donde estaba, podía sentir su corazón palpitar muy lentamente, como si ya no funcionase. Podía verlo a través de su pecho, tenía el color de la soledad.
Era un ser enorme. Tenía brazos y piernas enérgicas y fuertes. Vestía unas ropas que parecían estar hechas para su propio entierro.
En la mano sujetaba un cigarrillo y expulsaba oleadas de humo por la boca y la nariz.
En la otra mano sujetaba una pistola. En un gesto automático, sin ni siquiera pensarlo, alzó el arma contra mí. Al mismo tiempo, en su rostro se dibujó una sonrisa fría, escalofriante, sin vida.
Yo ese día iba vestido de primavera y lo había estado esperando en casa, sentado, tranquilo, sabiendo cual era mi destino. No luché contra lo inevitable, sabía que él era el único que podía salvarme de mi fatal muerte.
Mis ojos azules brillaban, y mis pupilas eran como dos soles en medio del horizonte.
Mis cabellos marrones lucían más elegantes que nunca.
Llevaba ropas coloridas. Color de las mariposas, color de las flores, color de la libertad.
Mi corazón latía como enamorado, a pesar de saber que su latido final estaba próximo.
Le miré a los ojos. Allí estábamos los dos, frente a frente. La noche y el día, el hielo y el fuego, la polis y la natura, el asesino y yo, su indefensa víctima.
Dirigió la pistola hacia mi pecho y en un segundo fugaz apretó el gatillo. Caí al suelo de rodillas pero, antes de expirar, pude ver como él, mi gris criminal de piedra y acero, caía de bruces al suelo y quedaba inerte junto a mí.
Tras ver aquella imagen, pude expulsar tranquilamente el poco aire que quedaba en mis pulmones y entrar para siempre en el sueño eterno y sereno de aquellos que supieron amar.
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